Bienvenidos a la tormenta más grande del sistema solar
Como mínimo, la tormenta lleva activa desde la década de 1830. Se detectó mucho antes, pero al parecer desapareció durante casi 160 años.
La exploración del cosmos nos ha llevado previamente a analizar las estructuras más imponentes y sobrecogedoras de nuestro vecindario cósmico. Desde las colosales dimensiones del Monte Olimpo en Marte, considerado el volcán más grande del sistema solar, hasta el abismo vertical de Verona Rupes, el colosal acantilado de Miranda, uno de los satélites de Urano. También hemos conocido la gigantesca fractura de Valles Marineris, el cañón de mayores dimensiones y que también se ubica en el planeta rojo. Hoy llega el turno de adentrarse en la tormenta más imponente del sistema solar, un fenómeno meteorológico que recibe el nombre de la Gran Mancha Roja de Júpiter.
 
 
El descubrimiento de la Gran Mancha Roja de Júpiter se atribuye al astrónomo italiano Gian Domenico Cassini, quien la habría observado en el año 1665. Sin embargo, todo parece indicar que desapareció posteriormente y que volvió a formarse en la década de 1830. Este es el motivo por el que suele decirse que lleva en torno a 190 años activa. En cualquier caso, su persistencia a lo largo de los siglos la ha convertido en uno de los eventos atmosféricos mejor documentados y estudiados de la historia. Al menos, fuera de nuestro planeta.
 
Un poco más de historia y dimensiones
 
La longevidad de esta perturbación se debe principalmente a las características intrínsecas del propio Júpiter, que es un gigante compuesto fundamentalmente por helio e hidrógeno que carece de una superficie sólida capaz de frenar la fuerza de los vientos. Por suerte o por desgracia, los registros antiguos indican que, en sus inicios, el óvalo medía entre 40.000 y 50.000 kilómetros de diámetro, por lo que todo parece indicar que va camino de desaparecer.
 
A pesar de que su tamaño actual es menor que el registrado originalmente, el fenómeno sigue duplicando el diámetro de nuestro propio planeta. Las últimas mediciones indican que posee una extensión de 12.000 kilómetros en su eje norte-sur y alcanza los 20.000 kilómetros en la dirección este-oeste, permitiendo albergar dos planetas como la Tierra en su interior. Los datos recabados de forma constante por el telescopio espacial Hubble de la NASA confirman que las dimensiones de este vórtice continúan fluctuando notablemente a medida que avanza de manera imparable alrededor del planeta.
 
La dinámica de la tormenta
 
A diferencia de los sistemas de bajas presiones que azotan las latitudes terrestres, este gigantesco vórtice es en realidad un poderoso anticiclón que gira en el sentido contrario a las agujas del reloj. Suena contradictorio, y lo es, pero es que la atmósfera de Júpiter funciona al revés que la de la Tierra. Por tanto, los anticiclones generan mal tiempo y vientos destructivos.
 
En cualquier caso, el sistema se encuentra confinado de manera perpetua entre dos potentes corrientes en chorro atmosféricas que viajan en direcciones opuestas, lo que contribuye a estabilizar su estructura y evita que se disipe. Dentro de este infierno gaseoso, los vientos huracanados alcanzan velocidades extremas de hasta 680 km/h, arrastrando nubes compuestas por hielo de amoníaco, agua y sustancias químicas complejas.
 
Pero ¿por qué es roja?
 
Un estudio liderado por científicos del centro Goddard de la NASA y programado para publicarse en la revista científica Icarus busca esclarecer el misterio de sus tonalidades rojizas. La hipótesis principal apunta a que compuestos incoloros como el hidrosulfuro de amonio, situados en las capas profundas, reaccionan ante el impacto directo de los rayos cósmicos y la radiación ultravioleta del sol. La experta en atmósferas planetarias de la agencia espacial estadounidense, Amy Simon, detalla las dificultades de la investigación debido a las condiciones extremas de un entorno que se sitúa cinco veces más lejos del Sol que la Tierra.
'Estamos hablando de algo que solo constituye una porción realmente minúscula de la atmósfera', explicó Simon respecto a los compuestos químicos analizados. 'Eso es lo que hace que sea tan difícil determinar exactamente qué produce los colores que vemos', aseguró la experta al describir los ensayos experimentales que reproducen el entorno joviano. Comprender el funcionamiento de la Gran Mancha Roja permitirá a los astrofísicos aplicar estos complejos modelos meteorológicos en el análisis de mundos distantes ubicados fuera del sistema solar.
 
 
Fuente: https://www.nationalgeographic.com.es/








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